"Cuando frente
a mí desfilaron las obras de Leonardo Yosovitch, le pregunté si tenía
ancestros rusos, a lo que me contestó afirmativamente: "por los
cuatro costados". Según me informó, sus cuatro abuelos provenían
de la regiónde Odessa, si bien su madre nació en Rumania, cerca de la
frontera.
La pregunta no era
ociosa. Cuando vi las obras de Yosovitch acudió a mi memoria una
muestra que organizó Marcelo De Ridder en el que fuera Instituto de
Arte Moderno, antecesor de nuestro Museo de ARte Moderno, el artista
ruso Pavel Tchelicheff.
No insinúo que
existan genes pictóricos, pero un ambiente vivido desde temprana edad,
para ser más gráfico, "mamado" desde el inicio, es lógico
que tenga su influencia en el inconsciente del niño que luego será
Leonardo Yosovitch, el pintor. El lúnico otro aftista con el que le
encuentro algún parentesco es con la gama y riqueza colorística de la
primera etapa de Joan Miró.
Este Leonardo tuvo
la mejor de las formaciones, como la tuvo el que identificó la pintura
con ese nombre; esto es, el taller de un gran maestro. Así aquel
Leonardo que pintase un ángen en el cuadro del Bautismo de su maestro
Verrochio, y así este Leonardo que tuvo la buena estrella de ir a dar
con el taller del maestro Eduardo Mac Entyre, ya que ambos viven en el
mismo barrio de Barracas, cerca de la Avenida Montes de Oca.
Me impresionó de
Yosovitch la contundencia de sus dibujos y de su dibujo. Las telas
están marcadas por formas muy netas de gran plasticidad, enfatizadas
por colores briosos que recorren la gama del espectro con la soltura de
los maestros. Ello no debe sorprendernos, Leonardo tiene 45 años
y vale pensar que los grandes del post-impresionismo, Van Gogh, Toulouse
y Seurat, murieron antes de los 40.
La tarea más
difícil para el crítico es encasillarlo a Yosovitch dentro de uno de
los estilos conocidos. No me parece casual que tanto Tchelicheff como
Miró hayan pertenecido ambos a la Escuela Surrealista.
Pero, me parecería
incompleta una definición en este caso de parecido tenor. si bien el
subconcscinete y el inconsciente están presentes, pese a la
combinación de elementos figurativos como rostros o manos que parecen
estar en proceso de metamorfosis, el resultado final de sus
combinaciones nos conduce por la senda de una poderosa imaginación.
Imaginativo, visionario, el mundo de este artista rebasa los límites
del surrealismo, sin llegar a ingresar en el realismo que pueda
definirlo como tal. Navegante en un espacio de fluidez colorística y
formal, tras mucho pensarlo, me atrevo a decir que Yosovitch es un gran
romántico del siglo XX. Su gesto del pincel se acerca al Miguel Angel
que ya inicia las delicias de Manierismo. Sus antecedentes ilustres, lo
proyectan a Yosovitch a un brillante porvenir"
Rafael Squirru
Crítico de Arte
para el diario La Nación
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